Empezando a meditar II


Muy Ven. Lama Geshe Tsering Palden

Las tres pasiones o emociones destructivas que se hallan en todos nosotros son la ignorancia, el odio y el apego. Constituyen la raíz de todos nuestros sufrimientos y problemas, no sólo para esta vida, sino también para las futuras. Nuestro trabajo debería consistir en evitar que aflorasen estos tres llamados “venenos raíz”. En este sentido, la meditación, al hacer que concentremos nuestra mente en un solo punto, que nuestra atención y nuestros sentidos se ocupen de un solo objeto, evita que, al menos, mientras esto sucede, surjan emociones negativas y, aunque sólo sea por un instante, consigamos calmar nuestra mente y sentirnos más felices, más libres.

Fijemos ahora nuestra atención en el apego. Nos sentimos atraídos, nos gusta mucho otra persona. Ahora, nos preguntamos por aquello que, exactamente, nos atrae tanto, por ejemplo: ¿es su cara? ¿su piel? ¿sus huesos? ¿su pelo?. Continuamos el análisis. En este mundo, todos nacemos, crecemos, envejecemos, pasamos por enfermedades y al final, morimos; por lo tanto, ese cuerpo que ahora nos atrae tanto, seguirá este mismo proceso. Parece razonable pues, no darle mucha importancia a esa apariencia que se presenta ante nosotros y saltar por encima de esas características externas que tantas emociones nos suscita e ir al fondo del objeto. Encontrar sus auténticas cualidades.

“Los enemigos como el odio y el apego carecen de piernas, brazos y demás miembros, y no tienen coraje ni habilidad, ¿cómo, entonces, han conseguido convertirme en su esclavo?” Shantideva

Con todo esto no quiero que penséis que critico el físico de las personas o la atracción que pueda provocar en los demás. Sólo cuando esa atracción consigue que nuestra mente se perturbe, a fuerza de añadirle, en este caso a esa persona, cualidades que, en realidad, no tiene, empiezan nuestros problemas. En lugar de acercarnos al objeto, nos alejamos de él. Por eso, debemos reflexionar, buscar y tener muy claro en qué consiste el objeto de atracción. Cuando vemos que la persona que nos provoca tanto deseo está compuesta de los mismos elementos que cualquier otra, deja de presentarse ante nuestros sentidos como algo único y nuestro apego (nuestra perturbación mental, nuestra falta de control) se hace más débil.

Lo mismo ocurre con la ira. En el momento que vemos que la rabia nos domina, intentamos controlar nuestra mente y centrarla. Pensamos: “Voy a dejar que esta emoción se desvanezca, que se marche. Voy a centrar mi atención en la compasión, en ponerme en el lugar del otro. No voy a permitir en mi mente el pensamiento de que es la otra persona la que me ha agredido. Debo ver claramente mi error por no haber contenido mis emociones”. Eso es lo que tenemos que hacer cada vez que aparezca un atisbo de odio en nuestra mente.

“El enojo, el orgullo y la competencia son nuestros verdaderos enemigos.” Dalai Lama

Otra emoción que nos depara mucha inquietud y sufrimiento es la arrogancia. ¿Cuántas veces pensamos en esas personas, a las que consideramos menos valiosas que nosotros, que consiguen puestos de trabajo mejores que el nuestro? ¡Cuánto sufrimos al sentirnos infravalorados!. En primer lugar, deberíamos averiguar honestamente las causas de esta situación; después, para paliar esta arrogancia, sería justo que nos preguntáramos acerca de las muchas personas que, con más conocimiento que nosotros, quizá se merecieran más el puesto de trabajo del que nosotros disfrutamos.

respirarQuiero también mencionar la superstición como un elemento muy negativo para nuestra mente. Cuando nos obsesionamos con cosas como que alguien nos quiere hacer daño o que un espíritu ha entrado en nosotros, terminamos por creerlo y hacerlo nuestro, y por ello sufrimos mucho. Debemos evitar que nuestra mente se recree en estas cosas. Por ejemplo, entramos en una habitación oscura y percibimos un objeto que cuelga del techo. Sin atención y sin control, imaginamos que es un animal o un espíritu y nos entra el pánico. Un método estupendo para evitar estos miedos infundados es respirar. Cada vez que sintamos miedo, hacemos un ciclo de nueve o veintiuna respiraciones y, de esta manera, calmamos nuestra mente.

“Elimina tu arrogancia como se arranca la lila en otoño.” Buda

Todos estos consejos son la base para unos buenos comienzos en la meditación. Poco a poco, en nuestra vida cotidiana, debemos tomar contacto con nosotros mismos, con nuestras emociones. Constantemente, cada vez que nos acordemos, tenemos que observar nuestro interior. Es nuestra mente la que nos va a procurar la felicidad. Ante cualquier problema en la vida, si hemos aprendido a controlarla, nos mantendremos tranquilos. Gracias a este control, conseguiremos además, que cada vez que tengamos un problema, sólo sea “el problema de hoy”, sin más, sin aferrarnos indefinidamente a las situaciones y sin arrastrar todos “los problemas de hoy” a través del tiempo. Mañana tendremos otros, pero sólo serán “los de mañana”.

En el momento en que tengamos paz interior, nada que ocurra alrededor nuestro perturbará nuestra mente.

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