Cuencos tibetanos. El sonido del budismo


Desde siempre, el sonido ha tenido un valor simbólico y significativo siendo considerado el principio primordial de todos los fenómenos.  No es sorprendente que de todas las artes, la música  tenga un papel privilegiado.

En el transcurso del tiempo, el hombre ha creado muy diferentes instrumentos y los ha usado para fines muy dispares, aunque los más interesantes son aquellos ligados a las practicas rituales o espirituales.  Escucharlos nos lleva a un estado de contemplación y por lo tanto a un acercamiento con lo sutil, profundo e interior de nuestro ser, siendo las vibraciones acústicas las encargadas de dar equilibrio y orden a la cohesión entre los seres humanos y la naturaleza que los rodea.

Los cuencos del Himalaya tuvieron su origen muy probablemente en la India, en tiempo de Buda Shakyamuni (el histórico Siddhartha Gautama), y fueron introducidos en Tibet por el Venerable Maestro Tántrico Padmasambhava alrededor del siglo VIII d.C.

Estos instrumentos musicales o campanas estáticas, se propagaron después por toda Asia alcanzando países del lejano Oriente como China, Japón y Corea gracias a la Ruta de la Seda, camino que comunicaba Occidente con el Continente Asiático.

cuencos tibetanos

En origen, los cuencos podían ser completamente lisos o decorados en su exterior con simples dibujos simbólicos o abstractos; pero los modernos, a menudo están decorados con representaciones de Buda y otros objetos ligados a la tradición religiosa local, en parte para satisfacer la demanda del mercado.

Antiguamente los cuencos tibetanos se realizaban con aleación de bronce compuesta por dos únicos elementos, el cobre y el estaño.  Después, los artesanos poco a poco fueron añadiendo otros metales hasta llegar a una aleación con un total de siete, en relación con los principales planetas celestiales, ya que en la astrología tibetana, a cada cuerpo celeste le corresponde un metal o elemento.

El Sol está ligado con el oro, la plata con la Luna, el hierro con Marte, el mercurio al planeta Mercurio, el estaño a Júpiter, el cobre con Venus y el plomo con Saturno.

No es un número elegido al azar, ya que siete son también los chakras, los núcleos o centros que existen en nuestro cuerpo  humano; que según las doctrinas religiosas tántrica, hindú y budista, son las sedes de la preciosa e invisible energía divina que está dentro de nosotros… Y también son siete las notas musicales.

El sonido del budismoHoy día, la mayor parte de los cuencos se realiza con la fusión de cinco metales, y esto hace que, a diferencia con las antiguas, el sonido sea menos largo y por lo tanto menos persistente.

Los auténticos cuencos tibetanos son solamente aquellos que fueron realizados en Tibet antes de la invasión china, y actualmente la producción de cuencos es principalmente nepalés, aunque también se fabrican en China e India y pueden tener entre nueve y doce metales diferentes.

cuencos cantoresEl propósito de estos instrumentos es el de reproducir de forma perfecta el sonido sublime de Aum, la sílaba Om que contiene la esencia del mantra sagrado hindú y budista, considerado el sonido sagrado capaz de llevar a la iluminación.

A la luz de todas estas consideraciones, está muy clara la importancia que tienen estos objetos, considerados no solamente unos instrumentos musicales, sino verdaderos vehículos capaces de llevar al ser humano a un estado de trascendencia ligado a la meditación.  Puede que sean solo cuencos a simple vista, pero su valor simbólico va mucho más allá de su apariencia.

La manera de sacar los sonidos a los cuencos es frotando el borde  exterior con su baqueta, y así el cuenco empieza a vibrar, creando un efecto acústico que incluye más resonancias, donde el sonido básico, llamado primera armónica, no lo percibe el oído, pero si puede notar las otras dos, la segunda y la tercera armónica, que pueden ser oídas y penetrar en el interior de nosotros.

El cuenco puede estar descansando sobre el suelo o sobre una almohadilla si son de gran tamaño, pero los pequeños es más beneficioso sujetarlos con la palma de una mano mientras los tocamos con la otra.  Así la vibración y el sonido van subiendo por el brazo hasta nuestros oídos y  expandiéndose por todo el organismo.  El sonido nos invade y nos guía, acompañándonos a un estado mental fuertemente transformado, lleno de calma y serenidad que fluye con el exterior de nuestro cuerpo.

Estos particulares tonos sonoros se usan con el propósito de provocar y favorecer la meditación, llevando al individuo al camino de la iluminación.  Además se utilizan para señalar el inicio y el final de la contemplación silenciosa, para entrar y salir de éste estado de una forma progresiva y sin alteraciones.

Cada cuenco tiene un timbre distinto. Ello depende de la aleación de los metales usados, del peso y del tamaño, pero también depende del estado emotivo, físico y psíquico del que lo toca: eso se debe sobretodo al hecho que cada persona tiene su propio equilibrio sensible, que por supuesto repercute sobre el instrumento.

Cuencos tibetanos. El sonido del budismo

Cuencos tibetanos. El sonido del budismo

Los cuencos están ligados al culto y la oración y no fueron creados para ser comercializados, aunque con el paso del tiempo se han importado a occidente y se venden en tiendas especializadas al objeto de que sus beneficios puedan llegar a todos los seres. Pero nunca se deben utilizar con el único fin de ser objetos decorativos, distorsionando así su verdadero y profundo valor simbólico intrínseco.

También hay que recordar y subrayar la utilización terapéutica de los cuencos tibetanos, usados en los tratamientos de relajación, en el yoga y en todos aquellos métodos que intentan equilibrar y llevar a un estado de bienestar físico y mental a la persona que los utilice.

Una vez más, la sabiduría ancestral encuentra su sitio en lo cotidiano, enseñándonos a no olvidar lo útil, eficaz que es acoger dentro de nosotros el simple sonido de un cuenco y la riqueza de un  simple gesto que nos ayuda a alcanzar lo divino y supramundano.

Manuela Echaniz Rodriguez

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