Arquitectura tibetana


Podría escribir un artículo lleno de definiciones volumétricas, con precisión técnica, explicando simbolismos y describiendo materiales, técnicas constructivas y acabados, pero eso ya está impreso, está al alcance de todos y es más de lo mismo. Lo que no he leído todavía es lo que yo me atrevo a presentar. Describir la arquitectura desde la reverencia, desde el inmenso simple vacío, y sin olvidar lo que más abunda allí: el denso blanco silencio.

Soy arquitecta, pero en el Tíbet esto no sirve de nada. Lo siento. Resulta que lo que yo aprendí con muchos números, lineas, papeles y física, aquí ya lo sabían sin tantos rodeos.

En el Tibet hay una arquitectura de «habitáculo suficiente imponente».

La arquitectura es puro espacio contenedor de energía y tiempo, la he sentido cuando pasaba los umbrales de unas puertas señoriales que guardan el mundo interior de la espiritualidad de las personas.

Desde fuera se ven volúmenes indefinidos, imprecisos, del color gris ceniza de la tierra, la tierra de las montañas que huelen a incienso.

Los tibetanos viven en la magnisuficiencia.

Impresionante.

Nunca pensé que la frase del arquitecto Mies Van der Rohe fuese tibetana: «menos es más». Aquí el «menos» es la pobreza material y el «más» es la compasión que sale por puertas y ventanas.

Para describir la arquitectura en el Tibet, hay que inventarse nuevas palabras, hay que redefinir los espacios y añadir adjetivos de emoción a cada explicación.

Si somos esa preciosa vida humana que nos dice S.S. el Dalai Lama, deberíamos habitar en joyeros, pero en el Tibet se habita en construcciones que brotan de la tierra misma, que crecen como las plantas y evolucionan temerariamente al ritmo de la climatología y el escaso pero sabio mantenimiento, para hacerse paso en el devenir de los siglos.

Si no fuese por la labor de carpinteros- joyeros, que consiguen que las ventanas sean la forma de concentrar la belleza en las edificaciones, nadie se fijaría en los edificios.Son como los cuerpos, lo que dejamos atrás tras nuestra muerte.

No se distingue bien desde el exterior la función de cada construcción, no hay un lenguaje como en occidente para diferenciar las tipologías arquitectónicas por los patrones de alturas, vanos, puertas y escaleras. Aquí se entra en los espacios y se viven. Punto.

Los edificios son de dos tipos: públicos y privados. Los públicos son grandes, los privados pequeños.

Los monasterios son edificios-pueblo, monumentales y siempre tocando el cielo en las laderas de las montañas, estratégicamente colocados para su función y una sorpresa para el ojo caza paisajes.

Los edificios se construye con cierta rapidez,porque todos trabajan y trabajan.

Las estupas, construcciones que albergan energía y sabiduría de un difunto, salpican el paisaje en tamaños y edades.

No quiero que se me olvide decir que las mujeres son las obreras de la construcción, las que asfaltan a centímetros las pocas calzadas que les toca estarlo y su labor como madres y amas de casa se añaden a lo dicho. Está normalizado.Nada que decir. Hace reflexionar. Lo opuesto a occidente.

Cuando viajamos esperamos encontrar, muchas veces de forma inconsciente, formas de hacer o pensar parecidas a los que ya hemos visto, como si la era de la comunicación  hubiese conseguido equiparar las condiciones de vida de todos los humanos del planeta. Pero no es así, y cuando se viaja al Tibet uno despierta a una realidad reveladora. Literalmente un fogonazo de luz. El Tibet es un país enorme en superficie, inmenso en amor y excepcional en mensajes.

Me centraré en la arquitectura visitada en Leh y alrededores, un viaje a Ladakh al que se va en avión y se regresa flotando. Nada de lo que se ve es comparable a lo conocido en otras partes del mundo. Aquí la arquitectura no es pobre, es un tesoro en el que hay que entrar, no sostener con la mirada.

La arquitectura ya se visualiza desde el momento en que el avión se aproxima a la ciudad de Leh. Es de pequeña escala, se confunde con la tierra que la rodea, piedra, granito y pizarra. Destacan escasos edificios de gran tamaño, en las partes altas de la montaña, como puntos estratégicos que tocan el Cielo como si de un privilegio disfrutaran.

El aeropuerto es la mínima expresión de lo que cualquier occidental tiene por edificio de primer contacto con un turista. Es sencillamente suficiente.

Salir del aeropuerto y ser recibido por tapias de muros de áreas militares hacen que la llegada se tense, pero desde el aire se ha podido percibir una ciudad que no daba la sensación de encontrarse tomada por un ejército. Más bien era un “asentamiento” en un valle verde muy fértil y flanqueado por paredes de montañas.

La entrada a la ciudad de Leh promete, todo está por terminarse, construirse o reformarse. Todo es increíblemente uniforme en su aparente precario estado constructivo. Los edificios, desde el exterior, no sabes muy bien en qué estado se encuentran, pero  más adelante comprendes que el concepto de la impermanencia se encuentra en la arquitectura, esta vez en ciclos más cortos de los que yo estoy acostumbrada a estimar como arquitecta.

 

La ciudad es un conjunto de edificios de diferentes alturas, de crecimiento espontáneo tras obligados trazados de calles y vías que no tienen nada previsto, ni preocupa la falta de previsión. El asfaltado es un lujo, la electricidad un regalo y la arquitectura es una necesidad más que una obra llena de intenciones.

Es demasiado atrevido encerrar entre paredes de barro el inmenso silencio del Tibet.

No hay arquitecto que pueda tener esta osadía.

Se levantan templos bajo el mayor de los respetos, sin querer hacer sombra a la magnificiencia del Himalaya y la escala no existe como parámetro allí. Todo lo que levante el hombre seguirá siendo pequeño.

En el Tibet una Torre Eiffel es una pequeña antena de radio, un  Burj Khalifa es una terraza en planta quinta, un Coliseo Romano es un espejismo de la montaña y un Monasterio del Escorial es un buen intento humano para dialogar con el Himalaya.

Escribiré de las llegadas a los monasterios, su olor, color, luz, oscuridad…y escribiré sobre mi experiencia en casa de una familia, una casa que es lo que conocemos en España como un hogar.

Describir la arquitectura con palabras es difícil, mejor unas fotografías para comprobar si las mías han sido acertadas.

Tashi Delek

Berta Calderón Pérez

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